Antes de la llegada de los primeros europeos a Norteamérica, las Primeras Naciones ya contaban con sus propios gobiernos, leyes, tradiciones y economías. Poseían y continúan poseyendo sus propias lenguas, ceremonias, culturas y creencias espirituales. Con la llegada de los exploradores ingleses, franceses y españoles, las potencias europeas buscaban control y poder sobre las tierras. Lamentablemente, muchos colonos no respetaron las leyes, culturas y gobiernos de los pueblos indígenas.
En 1867 se formó el gobierno de Canadá, y en 1876 entró en vigor la Ley India. Esta ley solo se aplicaba a las personas indígenas con estatus, sin reconocer históricamente a los Métis ni a los Inuit. Por ello, estos pueblos no recibieron los derechos que confería ese estatus, a pesar de haber participado en la construcción de la nación. La Ley India controlaba todos los aspectos de la vida de las Primeras Naciones e intentaba borrar sus culturas. Sin embargo, los pueblos indígenas resistieron la colonización y lucharon por sus derechos.
Tanto las Naciones Unidas como la Comisión Canadiense de Derechos Humanos han señalado la Ley India como un abuso a los derechos humanos. Uno de los capítulos más trágicos del colonialismo fueron las escuelas residenciales, que intentaron destruir las culturas de las Primeras Naciones, Métis e Inuit. Aproximadamente 150,000 niños indígenas fueron forzados a abandonar sus hogares, prohibiéndoles su idioma y cultura, y sufriendo abusos. La última escuela residencial cerró en 1996, pero el trauma persiste en las familias y comunidades indígenas hasta hoy, afectando también a la nación en su conjunto.

